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El desarrollo de un país no se mide por metros cuadrados de cemento o alturas de edificios. Tampoco se puede mensurar según índices de aumento del PIB o por kilómetros de carreteras construidas. El decorado es importante, pero es la capacidad de inclusión y los niveles de convivencia y respeto los que deberían indicar si un país es desarrollado o no. paco@prensa.com
Homofobia y subdesarrollo PACO GÓMEZ NADAL

Si Naciones Unidas entendiera esto (en lugar de ir a remolque de lo criterios economicistas y algo tuertos del Banco Mundial), en sus informes Francia o Italia aparecerían como países subdesarrollados (que no parece nada muy bueno eso de andar expulsando a los rumanos o marcando extranjeros como en épocas de terrible recuerdo).

Tampoco aparecería a la cabeza del desarrollo Bolivia, donde les da por enterrar vivos a los supuestos delincuentes, ni Irán, donde la mujer es algo menos que un cero a la izquierda.

Panamá saldría ponchada en el examen. Hasta hace pocos años, ser homosexual era un delito que aparecía en el Código Penal y todavía hoy hay unas madres lesbianas a las que la justicia les ha quitado a su hijo para “protegerlo” de tal aberración. Por eso parecía tan razonable la iniciativa de ley que pretendía penar la homofobia, la discriminación pública por razón de la opción sexual de una persona.

La Asamblea no lo ve así, ni buena parte de una sociedad que se cree mejor por el mero hecho de haber optado sin decidir por la heterosexualidad. Leía el otro día unas declaraciones aberrantes de Geraldine Emiliani al respecto, luego a las iglesias evangélicas arremeter contra los homosexuales… Es como si la sociedad estuviera controlada por los locos y nos dejáramos dirigir por ellos. Es decir que personas ultrarreligiosas que creen en seres que no existen, que cobran ilegalmente un diezmo a sus “feligreses” (la Ley 30 debería haber regulado esto igual que las cuotas sindicales) y que organizan trances masivos nos digan lo que es correcto o no socialmente.

En este país nos parece una degeneración que atenta contra la paz social el hecho de que dos personas homosexuales se amen, pero con toda tranquilidad metemos a la cárcel a los niños de 12 años involucrados en delitos o a las personas que protestan en la calle; dejamos que un ministro siga en su cargo después de haber matado a varios y haber dejado ciegos a decenas; discriminamos al 10% de la población por el hecho de ser indígena; digerimos sin empacho el vergonzoso acto en el que el Presidente reparte billetes en una imagen más típica del El Padrino que de La República; nos parece normal que un hombre heterosexual maltrate sicológica o físicamente a su mujer heterosexual y a sus hijos (cuya opción no conocemos aún); celebramos el Carnaval en orgías de sexo heterosexual sin condón patrocinadas por el Gobierno y por los partidos políticos; abogamos por separar a las adolescentes embarazadas de sus compañeros de clase para que “no se contaminen”; consentimos con complicidad los amores fuera del sacrosanto matrimonio heterosexual de empresarios y gobernantes (pero esas no son las fotos que salen en Mundo Social o en Ellas en el día del Padre); permitimos que niños y niñas sufran de desnutrición severa en nuestro territorio; nos hacemos los locos ante la prostitución heterosexual de alto nivel que se practica en el área bancaria a la vista de todo el mundo (para ser más exactos: frente al Marriott) o ante la de bajo nivel que se vende a 150 metros del Palacio de las Garzas día y noche; vendemos cómo atractivo turístico la rumba con cocaína y pastillas de calle Uruguay…

La doble moral es un indicador de subdesarrollo y estamos ganando todos los puntos en esa lista. La homofobia solo es un signo más de precariedad mental, de debilidad social, de miedo, del imperio de las tinieblas religiosas y los complejos judeocristianos, del pánico a la diferencia, de incapacidad para comprender el mundo en el que vivimos, de facilismo político, de hipocresía social. También, en algunos casos, suele ser una clara señal de homosexualidad: las más y los más furibundos homofóbicos suelen ser homosexuales que aún no han aceptado su opción y reaccionan con agresividad, presionados por una sociedad conservadora e inquisidora aún.

Realmente, a mí me importa poco si aprueban o no la propuesta de ley (para mi gusto, terriblemente conservadora y limitada). Lo que me preocupa es el debate de fondo que están promocionando algunos medios y el veneno que se les permite distribuir desde los púlpitos de papel y plasma a pastores, beatas y locos de turno.

http://mensual.prensa.com/mensual/contenido/2010/09/21/hoy/opinion/2342156.asp

paco@prensa.com