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Andrés Cordoves
De la Patria, la Libertad y la Virtud
El principio republicano es un bien que la humanidad se ha dado para gobernar, lo que constituye las sociedades modernas. Ya en tiempos antiguos se pretendió hacerlo, con éxito relativo; pero ¿por qué habrá surgido nuevamente la idea de la República y la Democracia? Estoy convencido que un motivo medular fue la corrupción en que la monarquía se había visto implicada; porque aunque todos tenemos la capacidad de gobernar, no todos lo sabríamos hacer si fuéramos la cabeza de la autoridad soberana de un Estado, si solo rindiéramos cuenta ante el Supremo y si solo fuera posible destituirnos por la muerte y no por otra condición; pues un Rey es sujeto de las más sublimes bendiciones y por tanto objeto de las más bajas pasiones; así pues ocurrió que muchos monarcas blandían una Nobleza que no era tal y por tanto se veían obligados a Despotizar a sus súbditos; entonces hombres libres, virtuosos y muy sanos propusieron al mundo renovar las formas en que la sociedad se juzga a sí misma.
 
“La unidad sólo puede resultar de elementos de diversa especie, y así la reciprocidad en la igualdad, como dije en la Moral, es la salvación de los Estados, es la relación necesaria entre los individuos libres o iguales; porque si no pueden todos obtener, a la vez, el poder, deben, por lo menos, pasar por él, sea cada año o cada cualquiera otro período, o según un sistema dado, con tal que todos, sin excepción, lleguen a ser poder.” (Política - Aristóteles)
 
Sobre tres conceptos fue fundado el principio republicano; Libertad, Igualdad y Fraternidad.
 
Los hombres no nacemos libres, no nacemos iguales y no nacemos siendo hermanos; ya lo sostiene Russeau en “El Contrato Social”, que aún quien se llama amo es en sí mismo esclavo; pues resulta que la República no es una asociación de hombres libres, ni iguales, ni hermanos, es una asociación de hombres que careciendo de estas cualidades, pactan sobre estos principios inobjetables e inalienables con el augusto fin de la Unidad Nacional, que es una trasposición de la familia, el órgano social más antiguo y perfecto, en la cual nos criamos fraternalmente, para considerarnos iguales y ser libres. Entonces la República no es más que la búsqueda del hombre de sus aspiraciones más sublimes a través de la política, o lo que es igual, la práctica de las relaciones sociales, es decir, el entendimiento de todos los hombres en la Unidad, tal y como la visualiza Aristóteles y aún más en el pensamiento Socrático, donde la profundidad de la unidad es mayor, siendo la unidad perfecta.
 
“El más fuerte no lo es jamás bastante para ser siempre el amo o señor, si no transforma su fuerza en derecho y la obediencia en deber.” (El Contrato Social – Russeau)
 
La Ley Civil, es decir, la que contiene a la civilización no tiene otro fin que oponerse a las leyes naturales, porque en la naturaleza el orden social no tiene cabida, cada cual ve por lo suyo y la relación de sometimiento y dominio se rige por la fuerza, pero ésta no le es siempre favorable al mismo individuo y el caos y la tensión social siempre está presente; así pues, como explica Russeau: ceder ante la fuerza no es un deber, sino una necesidad. Cuando particulares se ven forzados a ceder por la fuerza hemos de estar seguros que no hay derecho, sino fuerza, no hay deber, sino obediencia; y la ley civil se ha salido de sus quicios.
 
Es el caso de las monarquías absolutistas, que en su ceguera política abandonaron el derecho e impusieron cargas pesadas para ser llevadas por sus súbditos; e impusieron castigos para intentar corregir un error donde no lo había; esta fue la causa por la que se desató en Occidente, hace unos doscientos años, el principio republicano y habiendo razones más que suficientes, fue aceptado de muy buen ánimo hasta nuestros días, por las sociedades que lo heredamos.
 
Pero, encierra el principio republicano en sí mismo su propia destrucción; y es que así como la monarquía no se sostiene para siempre bajo los auspicios de la beatitud, tampoco la República lo hace, por cuanto el poder tiende a tener en el hombre muy poca durabilidad como elemento cohesionador, y mucha más ventaja como instrumento de discordia.
 
“Ahora bien, como los hombres no pueden engendrar nuevas fuerzas, sino solamente unir y dirigir las que existen, no tienen otro medio de conservación que el de formar por agregación una suma de fuerzas capaz de sobrepujar la resistencia, de ponerlas en juego con un solo fin y de hacerlas obrar unidas y de conformidad.” (El Contrato Social – Russeau)
 
El cuidado de la sociedad republicana no se asienta más que en esta suma de fuerzas, que son las Instituciones; y el sometimiento de las Instituciones a la conformidad general es de tan difícil factibilidad que la única alternativa es la concurrencia del pueblo al Contrato Social como la garantía de voluntad común.
En reiteradas ocasiones han visto las naciones republicanas mermar sus instituciones, bajo las diligencias de hombres que, ganándose el amor popular (otros hombres), subvierten el orden institucional, erigiéndose como líderes de procesos demagógicos, en los que, anestesiados de sus deberes y desenfocando sus derechos, caminan a la sombra de una tiranía; un gobierno que ejerce una fuerza particularmente peligrosa, pues la ejerce como si se tratara de un vicio, una droga, que domina a un débil de voluntad; y como el hombre naturalmente es débil de voluntad, la mayor parte de las veces, se deja llevar por esto, sin reconocerse como el único responsable de su propia libertad, la igualdad y la fraternidad que le conmina el buen juicio.
 
“El ciudadano, como el marinero, es miembro de una asociación. A bordo, aunque cada cual tenga un empleo diferente, siendo uno remero, otro piloto, éste segundo, aquél el encargado de tal o de cual función, es claro que, a pesar de las funciones o deberes que constituyen, propiamente hablando, una virtud especial para cada uno de ellos, todos, sin embargo, concurren a un fin común, es decir, a la salvación de la tripulación, que todos tratan de asegurar, y a que todos aspiran igualmente.” (La Política – Aristóteles)
 
Ninguna sociedad que haya perdido de vista la fraternidad puede considerarse amante de la libertad, ni igualitaria; primero hay que saberse tan cercano como lo son los hermanos, primero hay que respetarse tanto como lo deben hacer los hermanos, primero hay que velar por el bienestar absoluto del hermano tanto como se vela por el propio; para entonces manifestar a través de esto la igualdad y entonces, por medio de la virtud, sostener la antorcha de la libertad.
 
Por esta razón anunció ya el Libertador:
“Uncido el pueblo americano al triple yugo de la ignorancia, de la tiranía y del vicio, no hemos podido adquirir ni saber, ni poder, ni virtud.”
 
Y ahora, casi doscientos años después de pronunciadas estas mismas palabras en el recinto sagrado del Congreso de 1819, en Angostura, nos sentimos en las mismas condiciones; ignorantes, de nosotros mismos, de nuestra Identidad, de nuestros valores, de nuestra igualdad como pueblo, como Unidad Nacional, mirándonos como si aquellos que no comparten nuestras ideas fueran de otra raza y aún más, queriéndonos someter a regímenes que perturban aún más este ánimo, por tanto ceñidos a la tiranía blandimos juicios de valor, defendemos posturas caóticas y caotizantes, asimilamos discursos apurados sobre términos demagógicos y asumimos terrenos de la vida pública como trincheras en las que peleamos por quien sabe someternos mejor. Mientras por otro lado, festejamos de soslayo la anarquía, amanecemos como nos da la gana, donde nos da la gana, cuando nos da la gana, subimos el telón de la vergüenza para no temer a lo perfecto y así blindarnos contra el justo; hacemos cuanto nos place y porque nos place, mentimos desfachatadamente y rehusamos el trabajo digno, la habitabilidad, la convivencia. Ansiamos se tomen consideraciones por nosotros pero somos incapaces de dirigir nuestros destinos; marchamos a lúgubres senderos de los que no sabemos nada y aún así le damos la espalda al resplandeciente sol que brilla en el horizonte; sostenemos espadas de batallas que no empezamos y sobre las que no tenemos derecho alguno y mientras tanto el enemigo interior nos carcome, nos desnutre, nos saca fuerzas para engordarnos, para someternos, para pervertirnos.
 
“Semejante a un robusto ciego que, instigado por el sentimiento de su fuerza, marcha con la seguridad del hombre más perspicaz, y dando en todos los escollos no puede rectificar sus pasos. Un pueblo pervertido si alcanza su libertad, muy pronto vuelve a perderla; porque en vano se esforzarán en mostrarle que la felicidad consiste en la práctica de la virtud; que el imperio de las leyes es más poderoso que el de los tiranos, porque son más inflexibles, y todo debe someterse a su benéfico rigor; que las buenas costumbres, y no la fuerza, son las columnas de las leyes que el ejercicio de la justicia es el ejercicio de la libertad.” (Discurso de Angostura – Simón Bolívar) 

Fuente Andrés Cordovés